Ama el Reto, ama el Juego, ama a la chica.

Ya la has visto. Sabes que es Ella, y Ella es preciosa. Te detienes a observarla por unos instantes, y una mezcla de sensaciones recorre tu cuerpo y tu mente. Quieres acercarte, mirarla a los ojos, y susurrarle al oído que ya no tiene que buscar más, que ya os habéis encontrado. Pero un temor infundado, irracional, un temor paralizante no te deja hacerlo. El tiempo se detiene, y empiezas a no ver más que dificultades: la música está demasiado alta, está rodeada de amigas, acaba de rechazar a otro tipo tan válido como tú…El simple hecho de hablarle se te antoja ahora más como una tortura que como un placer. Párate. Deja de pensar. Déjate inundar por ese torbellino de sensaciones. Ama el reto, ama el juego, y ella y tú os acabaréis amando el resto de la noche.

Aquéllos que me conocen bien saben que soy alguien exigente. Trato de alcanzar siempre mis metas y dar lo mejor de mí mismo. Me motiva plantearme retos, y aunque sepa que siempre existe la posibilidad de un fracaso, es más fuerte el entusiasmo a la hora de afrontar uno de ellos que el temor a fallar. Esta adicción al entusiasmo se extrapola a todos lo ámbitos de mi vida, y por ende, también lo hace al ámbito de la seducción, y no es casualidad que mi juego sea tanto mejor cuanto más atractiva es la chica, cuanto más imposible parece en un principio de conseguir.

Al principio, achacaba esa diferencia en el despliegue de mis “dotes seductivas” cuando abordaba a chicas de exorbitante atractivo a la belleza de la que hacían gala. Veía una chica atractiva, y quería seducirla, y cuánto mayor fuese su atractivo, mayores eran mis deseos de hacerlo, de ahí que mi juego fuese mejor. O al menos eso es lo que pensaba que ocurría dentro de mi cabeza.

Descubrí, sin embargo, que ni siquiera mujeres que parecían sacadas de una revista de esas con las que todos alguna vez en nuestra vida hemos dejado volar nuestra imaginación y nuestra “destreza manual” dentro de la intimidad del cuarto de baño conseguían llenarme una vez el proceso de seducción había “concluido”. Aquellas divas que se alguna vez se perfilaron en mi mente como seres perfectos, ángeles venidos al mundo para irradiarlo con sus delicadas e insinuantes curvas y armoniosas facciones me dejaban indiferente, desilusionado, una vez sabía que había alcanzado mi meta.

Después de pensar sobre ello, llegué a una conclusión: no sólo me movía mi amor por la belleza femenina. Aquello que sentía cuando estaba a punto de abordar a estas chicas, aquellas sensaciones que oprimían mi estómago y mi pecho haciéndome sentir vivo, mezcla de excitación, duda y euforia, nacían del simple hecho de ponerme a prueba, y me divertía la idea de superarme a mí mismo.

Siempre se te ha dicho: “sé un reto”, pues bien, sin dejar de serlo, también te aconsejaría: ama el reto que ella puede suponer para ti. Utilízalo en tu favor, y no lo uses para fundar excusas poco convincentes. No te dejes acongojar por él, siéntelo dentro de ti y observa como el entusiasmo por superarte te dirige hasta tu meta. Disfruta de cada segundo del proceso de seducción, y verás como el medio puede incluso llegar a eclipsar al fin. Y es que, una vez que empieces a disfrutar seduciendo, empezarás a seducir de verdad.

Mr. B