Hace algún tiempo publiqué un artículo titulado Constancia: Seguro de Éxito que, para mi satisfacción, tuvo un contundente efecto a la hora de motivar y animar a quien por aquel entonces decidió leerlo.
Como trataba de transmitir en aquel texto, la perspectiva de que, manteniéndote en el camino y avanzando inexorablemente, aún cuando este se vuelva escabroso y difícil, siempre acabarás por llegar hasta tu objetivo, nos confiere esa seguridad que relaja nuestras psiques al tiempo que insufla en nuestros corazones cansados un aliento renovado.
No importa cuantas veces caigamos, siempre que seamos capaces de alzarnos nuevamente y reanudar la marcha. Aún exentos de virtud alguna que pueda suponernos una ventaja, únicamente a través de la decisión y la constancia lograremos aquello que nos propongamos, antes o después, pero llegará con toda seguridad.
No hace mucho mantenía una interesante charla con un conocido que nada tiene que ver con las artes de la seducción.
Este, como yo firme creyente en el poder que otorga la intención, cuenta entre sus talentos con dos de las mayores virtudes que a mi modo de ver un hombre puede albergar: decisión y valor en sus proyectos, y constancia para llevarlos a término.
Departiendo animadamente frente a la parada de autobuses, veíamos llegar y marcharse los largos vehículos rojos uno tras otro, dejándolos ir a fin de conceder al interesante debate un último puñado de minutos.
Entre los anhelos de mi contertulio estaba la independencia económica –no me cabe la más mínima duda de que lo conseguirá muy pronto–, en mi caso, es la búsqueda de la independencia emocional lo que me preocupa, un estado de ánimo y confianza independiente del exterior y su naturaleza cíclica.
Hablábamos de diversas perspectivas, del tiempo y el ahora, de una filosofía válida con la que afrontar la vida. A lo largo de nuestra conversación, aquel chico me regaló una analogía tremendamente gráfica y, para mí, reveladora.
Tal es la naturaleza de las metáforas. Creo que, de alguna manera, al estimular nuestra imaginación, necesaria para la evocación de la historia, logra una conexión empática con sus protagonistas artífice de esa esclarecedora lección que queda grabada en nuestra cabeza de forma mucho más profunda que la lograda a través de una larga y tediosa disertación.
El paralelismo era más o menos así:
Con motivo de las fiestas navideñas, la popular Plaza Mayor madrileña se encuentra completamente atestada de gente.
Mientras tu mujer dispone todo lo necesario para la comida del mediodía, incluyendo la preparación de un delicioso guiso, tú disfrutas del ajetreado ambiente que se vive en aquella plaza, sumergido en un mar de cuerpos junto a tu pequeña hija de apenas seis años. Sin embargo, el caprichoso azar provoca que, aturdido entre la muchedumbre, pierdas de vista a la chiquilla… ¡Oh infortunio!
Desesperado, te abres paso a través el gentío sumido en la búsqueda infructuosa de aquel diminuto cuerpo infantil, difícil de localizar entre las miles de personas que atestan la Plaza Mayor celebrando las natividades.
Continúas tu rastreo, aquí y allá, preguntando incluso a algunos viandantes por si hubieran visto a tu querida y desamparada hija… Finalmente, pasadas un par de horas, abandonas el zoco y, con él, la búsqueda.
Sorprendido, uno de los hombres a los que preguntaras increpa tal comportamiento viendo incrédulo como tu figura se aleja con la tranquilidad de espíritu que otorga la rendición “¿Eso es todo, no va usted a seguir buscando a su hija?” pregunta.
Lo has intentado. Has buscado lo que querías, has hablado con diversas personas para tratar de conseguirlo y has dedicado parte de tu tiempo a tales pesquisas, pero no ha sido suficiente. Pese a tu intento has fracasado, te rindes… Absurdo, ¿no es cierto?
Si tu hija se extravía en un lugar abarrotado dedicarás todos tus esfuerzos a su búsqueda, y no abandonarás el lugar hasta que la hayas encontrado. Hablarás con tantas personas como sea necesario; quizás una de ellas te diga que ha subido a un coche marchándose en una determinada dirección, ¿no tienes dinero para un taxi? Eso no te detendrá, conseguirás el efectivo necesario de alguna manera y continuarás el rastreo de tu pequeña, pero no te rendirás NUNCA. Dar por perdida a la niña no es una opción, harás lo que tengas que hacer.
Este último proceder resulta más lógico, ¿no es así? Sin embargo, la gente opta por la primera actitud constantemente.
Haberlo intentado parece reforzar la idea de que los anhelos en cuestión se escapan a nuestras humildes posibilidades, pues la tentativa infructuosa que lleváramos a cabo es prueba de ello. Saber que somos incapaces de algo relaja nuestros espíritus por naturaleza inquietos y, de la misma manera, nos abandona al impulso de la mediocridad, ¿pero qué vamos a hacerle si ya lo hemos intentando?
Claro que NO, intentarlo no es suficiente, lo que debemos hacer es lograr nuestros objetivos. Nadie dijo que fuera fácil ni rápido, pensar de esta manera sería una ingenuidad, sin embargo, a mi modo de ver, cuando algo nos merece la pena tendremos que afrontar la marcha con todas sus consecuencias, y no tirar la toalla ante el primer tropiezo doloroso o el primer accidente escabroso que se presente en mitad del camino entorpeciendo nuestros avances.
Como cuando una hija se nos pierde en plena Plaza Mayor abarrotada, el fracaso definitivo no es una opción.
Si somos constantes, el éxito de nuestra empresa estará asegurado en el tiempo. Pero, ¿a qué precio?
Mi admirado Dale Carnegie recomienda que, como un disciplinado jugador de casino, debemos poner un “tope de pérdida” a nuestras preocupaciones. Esto, aplicado a un plan o proyecto, quiere decir que haremos bien en partir con una idea clara de lo que estaremos dispuestos a padecer o soportar para completarlo; dicho de otra manera, el precio máximo que consentiremos en pagar.
Así como el buen jugador se retira de la ruleta cuando ha perdido cierta cantidad fijada de antemano –al margen de apreciaciones subjetivas sobre el momento idóneo para apostar o los giros de su propia suerte– es posible que los derroteros que conducen hasta nuestros objetivos sean demasiado accidentados y ladinos como para merecer la pena. Si piensas eso, fin de la historia, tomada tu decisión ya no existe cabida para las preocupaciones; sin embargo, mientras dicho tope de pérdida aún no haya sido rebasado, no existe excusa para detenerse o lamentarse. Sigue avanzando frente a las inclemencias o, si estas se te antojan intolerables, apártate del camino, pero no destruyas tus ánimos deteniéndote en plena ventisca para maldecir tu suerte a causa la cortina de agua que dificulta tu marcha. Haberlo intentado solo es una excusa que justifica arrojar la toalla cuando los contras alcanzan ese listón que, para nosotros, supera los jugosos regalos que nos aguardan al final de este trazado.
Es aquí donde encontramos los dos parámetros determinantes del potencial que conducirá al éxito del individuo destacado, ambición y valor, raras perlas que personalmente gustaría mucho de poder contar entre mis haberes.
Resulta curioso cómo, sin ningún pudor, me dispongo ahora a poner en entredicho la supuesta sabiduría dogmática que se les atribuye a ese conjunto de enseñanzas dotadas de rima que siempre hemos considerado como fuente de poderosas verdades: los refranes populares, tan alegremente blandidos por el colectivo más redicho.
“Más vale pájaro en mano que ciento volando”, es una invitación a la resignación que nos insta a no arriesgar nada en pos de nuestras aspiraciones, apología de la cobardía y la necesidad. En el argot particular del seductor, este aforismo viene a pretender que quedemos confinados en la archiconocida y renombrada, aunque pocas veces enfrentada, zona de confort.
“La avaricia rompe el saco”. “Avaricia” es una palabra acompañada por una intensa carga negativa asociada a la mezquindad y el egoísmo (sospecho, placebo para obtener una comparación positiva que calme nuestros egos frente a alguien más rico que nosotros, y no estoy hablando necesariamente de dinero); sin embargo, probemos a sustituir dicho término por “ambición”, mucho más higiénico y vinculado a los anhelos esperanzadores, que sin embargo figura como sinónimo del término anterior en el diccionario ¿Es peligroso o detestable ser ambicioso? Siempre que no nos carguemos de expectativas peligrosas ni construyamos una identidad egótica alrededor de nuestros logros -¿eres de esos que tienen una necesidad imperiosa por contar sus triunfos a todo el mundo?-, ese inconformismo y natural deseo de mejora es el que diferencia a las personas excepcionales y grandiosas de los mediocres que conformamos el grueso de la población.
Mi admiración para quien tenga el valor de liberar su pájaro con intención de aferrar cien más, y para todo aquel que llene hasta rebosar su saco de ilusiones cumplidas.
Esto, apunto, no está reñido con la aceptación (condición necesaria y suficiente en sí misma para la felicidad del hombre), pues el deseo sin expectativa no implica dolor ni sufrimiento.
¿Por qué tratamos de convencernos de que resulta más provechoso confundirnos entre la medianía y el adocenamiento que arriesgarnos a cometer nuestros propios errores?
Todos conocemos la respuesta: el temor a destacar negativamente como “peores que” o especialmente torpes e ineptos. Y si, es cierto que serán precisas grandes dosis de valentía para ser capaz de apartar el ego propio y exponerse al tropiezo asegurado en los primeros pasos. Quizás los que os miran desde la grada, inmóviles en sus anodinas butacas, puedan reírse y gusten de compararse con vosotros, pero os levantaréis y continuaréis avanzando… Pronto, aquellos os verán en la lejanía de la cumbre que habéis conseguido escalar con constancia y su perspectiva cambiará ¿Criticas? Las críticas son halagos ocultos, pues nadie intenta desprestigiar a quien no merece atención, otra enseñanza del brillante Dale Carnegie.
Cuando leí por vez primera las palabras de Friedrich Nietzsche, “eso que no nos mata, nos hace más fuerte”, estas quedaron grabadas en mi mente confundida y, aún hoy, reverberan a diario en mis oídos invitándome a la acción y acallando al ego, temeroso ante el riesgo y la pérdida de la compostura, preocupado siempre por las opiniones ajenas.
En definitiva. Fijado un objetivo, no concibamos la derrota como una posibilidad, pues solo competimos con nosotros mismos cuando andamos en pos de la mejora personal.
Recurriré nuevamente ahora a un símil meteorológico, pues resulta innegable que las enseñanzas que se nos ofrecen implícitas en historias o alusiones gráficas quedan grabadas con mayor tino en nuestras psiques.
La naturaleza de todo es crecer para luego marchitarse y morir, así ocurrirá siempre, pues la noche sigue al día y, del mismo modo, el día sigue a la noche. Con esto quiero decir que, cuando las cosas vayan mal, alégrate considerándolo como promesa irrefutable de que todo va a mejorar, forjadas las cenizas que abonan un nuevo florecimiento.
“Bueno” y “malo” son solo palabras (me encanta el término usado por los economistas, “crecimiento negativo”, para designar una etapa de pérdidas). Por tanto, como repitiera el actor Brandon Lee (interpretando al personaje Eric Draven) en uno de los largometrajes de El Cuervo: “no llueve eternamente”.
Recordémoslo cuando las nubes tormentosas oscurezcan el cielo y los truenos auguren un buen chaparrón… No llueve eternamente…
Nada en el mundo sustituye a la constancia.
El talento no la sustituye, pues nada es más corriente que los inteligentes frustrados.
El genio tampoco, ya que resulta tópico el caso de los genios ignorados.
Ni siquiera la educación sustituye a la constancia, pues el mundo está lleno de fracasados bien educados.
Solamente la constancia y la decisión lo consiguen todo.
Henky,
Artículo publicado originalmente el 04 de Noviembre de 2008